La ciencia nos permite muchas cosas, entre otras, que yo publique este artículo y que tu lo puedas leer, estés donde estés. Nos ha dado avances sanitarios increíbles, como las vacunas, medicamentos para enfermedades como la diabetes, que nos operen de mil cosas, que antes eran muerte segura.

 

Pero esta misma ciencia, que no brotó como una seta, sino que fue configurándose a sí misma, creciendo según pasaban los siglos y haciéndose exponencial en los dos últimos ha dado lugar a la desnaturalización, la separación de la naturaleza, que es de donde provenimos y de donde la ciencia extrae todos los materiales que necesita para sus avances.

 

Que el plástico no nace de la nada, sus componentes provienen de la naturaleza, igual que el pan, solo que son diferentes y están mucho más procesados.

 

Esa dualidad ciencia-naturaleza ha propiciado también la exclusión de la mujer, no ahora, ni el siglo pasado, todo está pasando desde hace centurias. Por ejemplo, en la edad media a la mujer se la prohibió ser artesana y tener gremios, incluso los hombres artesanos, que se negaron a trabajar con ellas hicieron huelga hasta que las autoridades no los prohibieron.

 

Nos mandaron al hogar donde “las tareas domésticas” comenzaron a denominarse tal cual. Nos aislaron de los conocimientos, prohibiendo que accediéramos a escuelas y universidades, para que pudiéramos ocuparnos de nuestras cosas, hogar e hijos, y así pasamos a ser una propiedad con la que traficar, como los terrenos o los objetos.

 

A través de la cosificación de la Tierra como algo no útil, y de la cosificación de la mujer por el mismo motivo, la separación de la Naturaleza comienza a hacerse cada vez más evidente. Aunque hubo movimientos para erradicar todo eso, ninguno prosperó lo suficiente, y cada vez fueron más evidentes las diferencias entre hombres y mujeres, donde nosotras pasamos a ser un objeto pasivo en la dualidad, y los hombres la parte activa.

 

Se nos prohibió trabajar solas, vivir solas o en compañía de otras mujeres, si lo hacíamos éramos putas o brujas. La degradación social de la mujer alcanzó su cenit alrededor del siglo XVI, donde las leyes ya eran tajantes con respecto a que las mujeres no podíamos desarrollar oficios y menos solas.

 

Eso implica también un gran poder social del hombre sobre la mujer, sin poder ir sola y sin poder reunirse nos aislaban y cosificaban cada vez más. El miedo se instaló en el espíritu y la psique femeninas.

 

Si queremos recalificar la Tierra como ser vivo y no como una propiedad, tenemos que hacer lo mismo con las mujeres, por eso el ecofeminismo no separa una cosa de la otra.

 

Ynestra King, nos cuenta que hay que conciliar el sentido de lo sagrado, uniendo misticismo y racionalidad científica, para poder crear un nuevo modo de estar en el mundo y este tipo de espiritualidad mira en los modelos que hay de culturas no industrializadas.

 

 

El principio femenino no sólo está presente en las mujeres, sino también en los

hombres y en todo lo vivo, y su recuperación es una respuesta a la dominación

de las mujeres y la naturaleza. Se trata de un principio basado en la

inclusividad, que reúne e integra naturaleza, hombres, mujeres y formas

creativas de ser y percibir. Aceptar este principio femenino supone ver la

naturaleza como organismo vivo, las mujeres como productivas y activas, y los

hombres como colaboradores en la creación de sociedades que mejoren la

vida, no que la reduzcan y amenacen. El principio femenino niega la oposición

entre espíritu y materia y unifica ambas entidades en tanto que lo impregna

todo, abarca lo vivo y lo dota de subjetividad. (Vandana Shiva, “Las mujeres en la naturaleza”)

 

 

El ecofeminismo reconoce la sacralidad de la Tierra, de la Gran Madre, la dimensión espiritual que no se reconoce aún y que está llevando al humano a su propia destrucción, porque la Tierra seguirá, aún sin humanos.

 

El hombre se ha adueñado de la fertilidad de la Tierra, lo está haciendo también con la fertilidad de las mujeres, sólo hay que ver el auge de los vientres de alquiler. Nosotras tenemos que ser activas y proactivas para que todo esto cambie, introducir esos cambios en nuestras vidas, poco a poco y extenderlos.

 

La Tierra no es una cosa que vender, comprar, explotar.

 

Las mujeres tampoco

 

 La libertad inclusiva desde la espiritualidad y lo sagrado es una de las semillas que nos pueden salvar.

 

 

Mariam